16/10/2015

Los orígenes y tradiciones de Halloween en el Norte de España

Seguro que muchos de vosotros tenéis planificada una escapada con motivo del Día de Todos los Santos. La antesala de las celebraciones navideñas aglutina a su alrededor una serie de tradiciones en las que la influencia anglosajona queda cada vez más patente. A pesar de esto último, las raíces del actual Halloween se sitúan fuera de las fronteras americanas y, todavía ahora, son muchas las zonas del norte de España que siguen conservando sus propias costumbres a la hora de celebrar el día más espiritual del año.

Una historia ligada al viejo continente

La conocida por todos como noche de Halloween, celebrada el 31 de octubre, tiene su origen en los pueblos celtas que comenzaban el año el día 1 de noviembre y aprovechaban la jornada anterior para organizar festejos paganos en honor al final de la cosecha, conocida con el término gaélico Samhain –que significa ‘final del verano’–. Ese día, a partir del cual comenzarían a menguar las horas de luz solar y a crecer las noches, comenzó a estar provisto de un misticismo especial en el momento en que los celtas comenzaron a vincularlo con el momento en el que los espíritus de los difuntos volvían al mundo de los vivos. Así, para ahuyentar a los malos espíritus, los pueblos indoeuropeos encendían hogueras y se situaban a su alrededor ataviados con pieles de los animales que previamente habían sacrificado y, para ayudar a los buenos a encontrar su camino hacia la luz, colocaban comida y velas encendidas en las puertas de sus casas.

Con la posterior romanización y la preeminencia del cristianismo alrededor del siglo VIII, la festividad se conservó mudando su nombre al de Día de Todos los Santos –en inglés All Hallow´s Eve, que derivó en Halloween– y el carácter de las celebraciones que, hasta ese momento se habían limitado al ámbito espiritual. A la festividad religiosa se unieron representaciones simbólicas que quedarían para siempre vinculadas a este evento en el imaginario social. De entre ellas destaca la famosa calabaza convertida en farol, procedente de una leyenda irlandesa que fue exportada, al igual que el resto de las celebraciones en torno al Día de Todos los Santos, a Estados Unidos por los emigrantes que llegaron a Norteamérica entre los siglos XVIII y XIX.

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El Amagüestu asturiano
La denominación de esta fiesta procede del verbo amogostar, que significa ‘asar castañas’ en bable. Y es precisamente eso, disfrutar de los frutos propios del otoño, lo que hacen los asturianos desde el día 1 hasta mediados de noviembre. Las celebraciones se completan con juegos populares y certámenes gastronómicos que inundan las calles del Principado, y con el consumo de sidra dulce, otro de los productos más demandados en Asturias durante esta época del año.

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El Samaín gallego

La fecha del Samaín es una de las más señaladas en el calendario de las festividades más importantes de Galicia. De orígenes rurales, el Magosto gallego comenzó a celebrarse en nuestra tierra con el objetivo de honrar la cosecha de todo el año, un aspecto que mantiene vigente la influencia celta. Pero si en algún punto de Galicia cobra especial relevancia el Magosto es en la ciudad de Ourense, que tiene como patrón a San Martín de Tours, al que se honra el día 11 de noviembre con una celebración que se convirtió, en el año 2008, en Fiesta de Interés Turístico de Galicia.

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La Magosta cántabra
Al igual que sucede en Galicia y Asturias, la festividad cántabra de la Magosta tiene como elementos principales las castañas y el fuego, pero cuenta con dos peculiaridades, y es que a la celebración puramente gastronómica se le unen las verbenas amenizadas con canciones montañesas propias de Cantabria y, en la localidad de Coo, las castañas se acompañan con las Carboneras, unos dulces típicos del lugar.

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El Gaztainerre vasco
La diferencia principal entre el Gaztainerre y el resto de celebraciones otoñales la aportan los alimentos de los que se acompañan las tradicionales castañas: los caracoles y el morokil, que es una especie de crema espesa elaborada a base de harina de maíz hervida con agua y sal.
En los orígenes de esta celebración vasca, se construían una especie de almacenes al aire libre llamados ericeros y situados cerca de los castaños, para guardar los erizos y recogerlos cuando fuese necesario. En la actualidad, todavía pueden verse estas construcciones en espacios como el Parque Natural de Urquiola o el de Gorbea.

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