14/10/2015

La Tuna: un vestigio trovadoresco en pleno siglo XXI

En la actualidad, cuando se habla de la Tuna, la percepción general es que se trata de una tradición cuyo anacronismo la convierte en una rara avis dentro de las costumbres estudiantiles contemporáneas. A pesar de esto, existen multitud de personas que no dudan en salir en defensa de la permanencia de esta pintoresca institución centenaria en la actual cultura musical de nuestro país, esgrimiendo como principal argumento su extensa historia ligada al nacimiento de las primeras universidades en España. Sea cual sea tu postura acerca de la existencia de estas hermandades de modernos trovadores, te contamos cuáles son sus orígenes y cómo han evolucionado a lo largo de los años.

Primeros pasos

Las tunas constituyen uno de los elementos culturales más destacados y distintivos de todas las ciudades universitarias de nuestro país. Sus comienzos se remontan al siglo XIII, cuando no existía la institución tal y como hoy la conocemos sino una voluntad de hermanarse con un fin meramente económico. Y es que la Tuna, en sus orígenes, estaba compuesta por todos aquellos estudiantes –varones– que, por su condición económica, no podían afrontar los gastos que generaba su estancia en la universidad, y actuaban por mesones para conseguir dinero y un plato de sopa con los que mantenerse, razón por la cual en un principio se conocía a los integrantes de este tipo de grupos como “sopistas”. Pero no era la comida lo único que se ganaban los músicos con sus canciones, sino que sus habilidades artísticas les valían para enamorar con sus composiciones, y de ahí se deriva la tradición de las cintas de colores que penden de la capa, una por cada conquista.
Con respecto al origen del nombre, existen diversas teorías, siendo la más aceptada aquella que apunta a que la denominación de la Tuna procede del latín “tonare” – sonido–, haciendo referencia a la actividad de los músicos que se dedicaban a viajar tocando y cantando.

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Transformaciones posteriores

La indumentaria de los tunos es un elemento que ha permanecido casi inalterable a lo largo de los años.  Esta está compuesta de una capa sobre la que se colocan las cintas y los escudos de los lugares a los que el músico haya ido a tocar; un jubón –chaqueta ceñida al busto–; una camisa generalmente blanca; unas calzas o mallas; unos pantalones bombachos; zapatos o botas negras y la beca colocada sobre el pecho y los hombros y que, sin duda, es el elemento más característico del traje de tuno, ya que identifica a cada grupo según la facultad o Universidad a la que pertenezca –excepto en la Tuna compostelana, que en lugar de la beca lleva una Cruz de Santiago cosida en el jubón–. El único elemento que en la actualidad no es común ver en la vestimenta de los tunos es el bonete o bicornio, un sombrero muy popular entre los estudiantes del Medievo.

Los instrumentos básicos de la Tuna, las guitaras, panderetas, contrabajos y bandurrias, apenas han cambiado, aunque sí lo han hecho sus melodías. Mientras que en sus orígenes presidían sus repertorios las canciones medievales y escolares, con el paso del tiempo se fueron incorporando temas populares españoles.

Si hay algo que ha evolucionado en la Tuna es la función que antaño cumplía como sustento de los estudiantes con menos recursos económicos. Hoy por hoy, si bien es cierto que hay excepciones, sus integrantes no tienen por qué unirse a la Tuna con un fin meramente económico, sino que lo pueden hacer para disfrutar de la música tradicional y los viajes.

A pesar de pasar desapercibida para algunos jóvenes estudiantes más interesados en las corrientes musicales más actuales, lo cierto es que la Tuna sigue despertando un gran interés en muchos sectores de la sociedad que ven en su permanencia un importante vestigio histórico que mantiene despierta una de las expresiones culturales más destacadas de la vida estudiantil medieval y de la que se encuentran multitud de referencias en destacadas obras literarias de autores como Quevedo o Alfonso X el Sabio.

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